
Si hace un año la Baronesa Thyssen, Tita Cervera, proclamaba a los cuatro vientos el afamado “No a la tala”, yo hoy grito el “Sí a la tala” de un limonero que tiene mi vecina sembrado en su patio colindante al mío desde hace tres años.
La buena mujer, porque no puedo decir que sea mala gente, sembró con mucho cariño el regalo que su padre (ya fallecido) trajo un día entusiasmado. A pesar de haberme dado el permiso para que pode las ramas que me molesten (labor que con enorme gustó hice hace unos meses), no deja de ser un fastidio el estar todos los días con escoba en mano para barrer las muchas hojas que me encuentro en mis baldosas.
Cuando el levante se pone patoso y se enfurece, ni os imagináis el espectáculo que se forma, pues parece que por momentos se cae, ya que se dobla completamente, pero nada, no hay suerte.
El arbolito, que ya alcanza una altura considerable, es lugar de hábitat para diversas especies, entre ellas, varias lagartijas, arañitas (que encuentro en mi ropa tendida) y simpáticos gorriones se dejan asomar de vez en cuando para hacerme una visita.
Siguiendo con mis quejas, porque así me quedaré la mar de desahogada, lo que peor llevo es que me dé sombra. El hecho de que me quite el solecito en los días de invierno me deprime bastante. Por el contrario, no me la quita en verano porque el solano no aparece en esa época por mi patio.
Para ser justa, tengo que decir que no me olvido de citar la ventaja de tener un ambientador de azahar en primavera, pero a pesar de ello, me decanto por el “Sí a la tala” o mejor sería que lo transplantasen a un lugar más adecuado donde pueda crecer a sus anchas.